1º de noviembre

Hoy retornan las almas de los que estaban muertos en la tierra.
Hoy sonreímos y comemos con los que ya se fueron por elección y por destino.
Hoy nos damos unos minutos para recordar en silencio,
los momentos humanos que compartimos con los que ya se fueron.

Nunca entenderemos que es la muerte,
mientras no le demos el lugar sagrado a la vida.
Siempre dudaremos del valor de la vida frente a la muerte,
si no sabemos entender el misterio que guarda la vida.

¿Cómo entenderemos el misterio que guarda la vida  sino nos lo dicen los espíritus de los árboles?

Los abuelos esperaban que los cielos se abrieran para desenterrar a sus muertos,
para compartir unas horas con ellos,
para ofrecerles los frutos de la tierra que ellos gustaban cuando estaban vivos.
Luego los despedían hasta el próximo año, aguardando el nuevo encuentro, 
hasta que en un nuevo permiso del universo
les permitieran volver a recorrer sus caminos de cuando eran hombres.

Los hombres que honraban la memoria de los ancestros
les facilitaban escaleras hechas de flores y ramas de kollis,
para que desde allí no fuera tan difícil descender a la tierra y luego, 
con solo lágrimas de agradecimiento y alegría compartían la memoria
sin recordar las faltas que hicieron en la vida.

En eso consistía el recordar a los muertos o los muertos recordar a los vivos 
que sabiéndose vivos, viven como muertos, en ese ejercicio múltiple de morir cada día.

El cementerio entonces se llenaba de colorido,
de manteles y aguayos que engalanan las tumbas.
Los niños  regalaban sus cantos y los adultos con los ojos llorosos
evocaban a las almas en oraciones profundas
que luego eran aynicamente intercambiadas espontáneamente por licor, pan y a veces 
fruta o llamitas de quispiña o tanta wawas (hechas de harina) gigantes
que parecían adquirir vida por unos instantes

Los adultos apoyados en las tumbas libaban alcohol ch’allando
hasta quedar beodos boca arriba encima de las tumbas.

El sol alumbraba con su luz tenaz y fría todo el universo de los muertos
y toda la la galaxia de los vivos
y en la distancia por las cuatro direcciones
los muertos se alistaban para retornar a sus mundos
mediante los tornados que aparecían por todos lados,
arrastrando almas tiradas y descuidadas.

La noche se hacía lóbrega  y el sol con su luz mortecina
acompañaba a las almas en su habitual turismo terrenal.
Las vasijas de barro, las sestas tejidas de las chullpares,
tejidas de paja brava volvían a ser guardadas hasta el próximo encuentro .

Los altares se cerraban con lágrimas y recuerdos,
con agradecimientos eternos a los acuerdos
que no son más que todo lo vivido y compartido con los ancestros.

Así era el día del “Alma k’atu” día de los muertos en los pueblos colgados de las alturas de los Andes.

Cuento corto para recordar a quienes hoy ya no están y para seguir amando los hasta el reencuentro.🙏🏼

Amawta Fernando E.
Sacerdote Solar · Mensajero de los Andes

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