Sanar desde la esencia

«Ella era mayor que yo, y no era precisamente mi amiga, nos conocíamos poco tiempo, pero nos habíamos cogido cariño, y aquel día de pesadilla, fue ella la que tuvo que sostenerme, secó mis lágrimas, me ayudó a bañar mi cuerpo adolorido, a buscar un médico, un hospital y  luego ir a la comisaría, maldiciendo  mientras el trauma de la violación recorría todo mi ser.

Esa tarde, también fue ella quien me acompaño a dejar la ropa que había usado un par de días antes, cuando sucedió todo, unos pantalones cortos y una camiseta roja con flores amarillas que me gustaba tanto, eran parte de la «prueba» que me habían pedido que entregue en el juzgado.

Al salir de allí aún temblaba mientras me secaba las lágrimas, subí a su coche y sentí su mirada, había lástima, pena y culpa por haberme presentado a ese tipo que era su ex, por recomendarme para trabajar allí ese fin de semana. Para ella, él era incapaz de hacer algo así, pero lo había hecho y eso le había roto por dentro.

Encendió el motor y emprendimos la vuelta, no recuerdo exactamente como iniciamos la conversación, pero si recuerdo este momento con total claridad, ya tenía que bajar de su coche, pero todo se detuvo por unos instantes, fui consciente del lugar donde estaba, la calle con todo su bullicio, los niños caminando de la mano con sus padres, el calor del sol al atardecer, los colores que reflejaban las ventanas de los edificios, las luces intermitentes de su coche estacionado al lado del metro, el semáforo cerca, y su mirada, incrédula, atónita, sin comprender lo que le decía…

«Sabes, él pudo tocar mi cuerpo, pero no tocó mi esencia, mi esencia está intacta», y era justamente así como me sentía, mis palabras no transmitían la voz de la víctima, de la pobrecita migrante que había sido violada, no, era una voz mucho más fuerte, más poderosa, llena de paz, de calma, de tranquilidad profunda, de certeza, sentí ese momento que aquellas palabras venían de otro lugar, de un lugar profundo de mi ser, que me devolvían una sensación de pureza, de sacralidad interna. Sabía que aquello que le decía era real, que no solo eran palabras, sino que era profundamente cierto, era liberador, y continué… «yo estaré bien, sé que estaré bien, sé que me repondré, sé que sanaré todo esto, que esto pasará, que tardara mucho tiempo, pero un día todo esto será solo un mal sueño, sin embargo él… el está enfermo, su alma está enferma, hacer algo así a otra mujer, teniendo una hija, es cargar el karma sobre su hija… cómo va a mirarle a los ojos?, cómo ella va a ver a su padre?, un día se dará cuenta y su consciencia hablará y eso, eso es peor que la cárcel»…. 

Sus ojos crecieron, me miraron, escrutando quién era yo, y casi pude leer sus pensamientos… ¿Por qué lo denuncias entonces? ¿por qué dices estas cosas?  y ahí estaba la duda, sentí en mi ser, en mi cuerpo, en su mirada, ella dudaba de mi, dudaba de mi palabra, de lo que me había sucedido, y ese momento me di cuenta que debía callar, que ella no me comprendía. Dijo algo más y solo sonreí, me despedí triste, sintiendo que la frágil amistad que nos unía se había roto, que no podía confiar en ella. A los pocos días la abogada me llamó, me pidió que no le dirija la palabra, había cambiado todo su testimonio a favor de él. Nunca volvimos a dirigirnos la palabra.

Desde ese momento de lucidez, pasaron muchos años hasta que llegue a sanar por completo, a sentir mi cuerpo como el lugar sagrado que habito, a sanar las memorias de abuso, de violación, de violencia, no solo de esta vida, sino de otras vidas y de las memorias que traen a mí mis ancestras….»

Ese día, no fue el inicio, pero sí fue la revelación de una verdad sagrada y profunda que he intentado vivir y transmitir a cuanta mujer se cruzó por mi vida.

Y lo comparto hoy, porque es lo que creo profundamente, es mi verdad, mi certeza, de que aunque nos sucedan cosas terribles, algo en el fondo, muy dentro de nosotras es intocable, es sagrado y jamás nadie podrá lastimarlo… es nuestra esencia, la luz que habita en ti, en todas las personas, es lo que nos hace sagrad@s.

Warawara
Neila Marquina – Relatos de vida

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